Cuestión de prioridades
Ayer llovía en Madrid (hoy parece que va por el mismo camino), y los que sois de la capital, ya sabéis el caos que se genera en nuestras carreteras cuando cae agua del cielo.
Pues bien, iba yo conduciendo, siguiendo el ritmo de mis limpiaparabrisas delanteros, cuando vi un accidente en sentido contrario. Ya se me tensaron un poco las tripas, pero, como me dio tiempo a ver por el rabillo del ojo que no había heridos, conseguí volver a un estado de semi-alerta.
Pero la tarde tenía más sorpresas guardadas y así, 5km más tarde, en una rotonda concurrida, tres vehículos se estamparon unos con otros a pocos metros de mi coche.
Al oír los frenazos, la chapa metálica hundiéndose en el choque y las lunas reventando en mil pedazos se me encogió el corazón. Puse el freno de mano y pedí (no sé a quién) que por favor no hubiera heridos graves.

Rápidamente cuatro hombres se bajaron de diferentes coches y corrieron hacia los accidentados. Todos salieron por su propio pie y, aunque se les veía asustados y algo desorientados, parecía que no había "heridos físicos".
Iba a inhalar profundo buscando sensación de alivio cuando sucedió algo completamente inesperado: el conductor de la furgoneta de mi izquierda comenzó a tocar el claxon y a hacer gestos con las manos. Parecía estar gritando. Yo pensé que estaba avisando de algún peligro a los hombres que habían salido a mover los vehículos, pero no, les estaba llamando inútiles por tardar tanto.
En menos de un minuto, a la furgoneta se le unieron otros dos coches. Sentí como del miedo pasaba a la rabia y de un salto a la tristeza. Cuando llegué al cole me tomé un par de minutos en el cuarto de baño dándole su lugar a lo que había sucedido y cómo yo lo había vivido.
Yo no estoy libre de ser un día el conductor de furgoneta. Hay veces que me pongo nerviosa si llego tarde a algún sitio y tengo delante un conductor que va demasiado despacio. La mayoría de las veces, cuando consigo adelantar, veo que es una persona mayor o alguien de fuera tratando de no pasarse la salida de nuestra compleja M-30. Entonces me doy cuenta de que yo a veces soy ese conductor/a y también recuerdo que para llegar puntual lo que he de hacer es gestionar mejor mi tiempo para no ir responsabilizando a otros por la carretera.

Por supuesto también me acuerdo de ese día en que un jefe presionó a su repartidor para que hiciera una entrega antes que la competencia. Y en cómo ese chico invadió mi carril mientras su jefe le hablaba al móvil y provocó un accidente que cambió una parte importante de mi vida. Y pienso que otro día ese repartidor podía ser yo o podría convertirme en una jefa que presione a un repartidor para que bata un record de entrega.
Y siempre vuelvo a lo mismo, que, aunque sea muy consciente de algunas cosas, si no estoy alerta, me despisto y puedo hacer cosas de las que no estoy orgullosa. Y siempre me ayuda lo mismo, respirar y repasar mi escala de valores antes de arrancar el coche. Y lo primero que pongo es la vida y no hace falta que me repita que todo lo demás, no importa.
Sonia Callejas Martín
